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24 gennaio Cuentecillo
- ¡Tengo hambre! Dijo el niño. - Mira, tengo mucha comida, pero en este momento no tengo tiempo para ti; soy un gran chef muy ocupado. Espera y luego te daré algo exquisito, absolutamente delicioso. Yo necesito cocinar con tiempo y elegir minuciosamente los ingredientes. Dicho esto el cocinero volvió a sus fogones, muy atareado en elaborar menús. El niño siguió su camino. - ¡Tengo hambre! Contestó el niño. - Sólo me queda un puñado de pipas, lo siento, pero tómalo. El niño dio las gracias y se fue mordisqueando las pipas. - ¡Buenos días! Saludó el niño. El señor que caminaba apresurado cargando una bolsa del supermercado, se detuvo. - ¡Hola, Chaval! ¿Quieres algo? - ¡Tengo hambre! Me han dado estas pipas, pero no es bastante. - No te preocupes. Veamos lo que llevo en la bolsa. Tengo pan, y un trozo de queso. No es mucho, pero si te vale… -¡Que bien! ¿Me haría un bocadillo? Da igual si n o es muy grande. El señor se echó a reír. - Puedes comerte la barra entera si te apetece. Se sentaron en un banco de la plaza. El señor le partió un trozo de pan y abrió el envoltorio del queso. - ¡Anda, si también he comprado zumo de naranja! No tengo vaso, pero con cuidado puedes beber del tetrabrik. Ahí estuvieron charlando y riendo hasta que el niño sació su hambre. - ¡Ya no puedo más! - Pues entonces, me voy. ¡Hasta otro día, Chaval! En ese momento, cruzó la plaza el cocinero con un pastel de chocolate que había adornado con nata y guindas. - Mira lo que te traigo. - Muchas gracias, señor. Pero ya no tengo hambre . El niño metió en su bolsillo el trozo de pan que le quedaba y se fue silbando por la calle.
Morgane, enero 2009 04 settembre La Fuente
La Fuente
El aire echa para atrás el mechón blanco que cruza su frente. Es temprano, el cielo está aún un poco encopetado, pedalea hacia el sol. Va por la acera ancha del paseo marítimo, vacío a esta hora, cruzando a los escasos playistas cargados de sombrillas y hamacas. El mar tira al rebalaje la espuma débil de olas perezosas. Alcanza el puerto y se fija en que las grúas gigantes están bajadas, descargando contenedores que se apilan en el muelle por tamaños, formando un enorme lego de colores.
Se siente vivo, se siente joven. Percibe cada músculo de su cuerpo a cada vuelta de pedal: la tensión de sus piernas, el movimiento de su espalda, la presión de sus manos en el manillar. Relaja los brazos y respira hondo.
Acelera su ritmo al esquivar dos adolescentes que patinan en eses, dibujando figuras acrobáticas.
Piensa en cuanto le gusta este lugar, en la alegría que le invade bajo este cielo del Sur que va cobrando un azul pálido a medida que avanza la mañana, es conciente de su cuerpo aún ágil, del aire que cosquillea su rostro.
Al regresar de su paseo se para a la sombra, como es su costumbre. Deja la bici apoyada a un banco, de un gesto con los hombros se libera de la mochila.
Ahí está la fuente, redonda, plana, con un chorro central sin pretensiones. Armoniosa, discreta, la fuente adorna la pequeña plaza sombreada por los altos árboles exóticos del Parque. Se sienta en su borde romo y con una sonrisa en los labios, observa los círculos sucesivos que el agua expande incesantemente. El frescor del agua le llega a través de la brisa que acaricia sus brazos. Mete la mano en el agua y se la pasa por la nuca.
Se queda un rato, casi sin pensar, consciente de la densidad del momento, del silencio interior que el ruido de los palomos y del tráfico cercano perturban a penas.
Sabe que es un instante perfecto, un sentir pleno. Está en el camino que buscaba y que ahora recorre su vida, sin luchas inútiles, sin dolor, casi sin deseos.
Cierra los ojos, su sonrisa se expande suavemente a todo su ser. Es feliz.
Morgane, agosto, 2007 10 giugno La caja de madera Buscando ya no recuerda qué, encontró la caja de madera.
Fue el primer trabajo de ese muchacho alto y moreno, el cómplice de las ilusiones tempranas, si bien era años mayor que ella. Acabó su carrera en la universidad, porque así se lo hizo prometer su madre poco antes de morir, y que su padre le exigió que cumpliera su promesa.
Entonces y por fin, pudo aprender el oficio que le gustaba: carpintero y ebanista.
Subida en la escalera, encontró en el altillo la caja rectangular; acarició la madera miel, sabe que dentro están algunas cartas y postales y varios objetos que ya ni siquiera sospecha. Perdió la llave hace mucho, pero es fácil de abrir con una orquilla. Lo que importa es la caja. Al ofrecérsela, le contó como había elegido la madera, le explicó que está ensamblada según la técnica que aquí se denomina de cola de milano, pero que en el idioma galo se dice de cola de golondrina, y a ella le pareció preciosa la comparación.
Recuerda también el enfado de su novia – amiga suya - y la mueca de su padre el día en que festejaban su cumpleaños y que el homenajeado correspondió a su modesto regalo con ese peculiar presente, valioso para él por ser la primera pieza que salió de sus manos.
A lo largo de los años esa amistad se había consolidando, incluyendo a sus respectivas parejas y sus amigos más íntimos. Ese tiempo de juventud pasaba lleno de risas, de esfuerzos, de proyectos. Como era natural se sentían inmortales y vencedores: exitosos en lo profesional, enamorados, llegaron los hijos, guapos y sanos… ¿cómo iba a resistirse la vida a tanta felicidad?
Era una tarde de verano, después de una de esas tormentas que dejaban las terrazas frescas con olor a tierra y a hierro, la llamó para invitarla a tomar algo al salir del despacho, dijo que se encontraba en su zona por casualidad.
Lo miraba a los ojos y no sabía qué decirle, solo movía la cabeza de un lado a otro: - Sabes que te quiero muchísimo, pero amo a otro, y no lo traicionaré ni a él, ni a mi amiga. ¿Por qué me pides esto?
Nunca entenderá el por qué los hombres han de buscar tarde o temprano poseer, qué razón es más poderosa para un ser inteligente que el sentimiento libre basado en la igualdad y la sinceridad. No comprende aún hoy. Nada fue posible luego, por su negación a renunciar a su petición insistente por momentos, en otros muda, siempre incómoda: el reto de conquista que se lanzó a sí mismo, conociendo sin embargo tan bien a la mujer deseada que no podía prever más que un fracaso.
Se acabó la complicidad, las risas ya no fluyeron naturales y simultáneas, inventaba ella inconvenientes para las citas, sus compañeros se extrañaron con algún comentario, fue ella distanciándose…la amistad se perdió.
Si hoy echa de menos pocas cosas de su pasado, el sentimiento de ligereza y alegría de esa época de amistad es una de ellas.
Cada amistad es un tesoro incalculable que merece oportunidades. De ésta guarda un cofrecito, quedó vacío, ciertamente ambos olvidaron llenarlo.
Morgane, junio 2007
07 giugno Luna llena
No se sentó en una mesa como era su costumbre, eligió quedarse en la barra. Nunca lo hacía. Pidió un coñac porque pensó que necesitaba algo fuerte y no se le ocurrió otra cosa; no le gusta el coñac. Miraba la tira de los cupones pegada en el espejo, sobre la caja electrónica, observó reflejada su mirada fija y se puso a leer con aplicación los números del azar como si le ayudaran a descifrar el enigma de los sentimientos.
Sentía las miradas de los hombres, alguno hizo el gesto de acercarse, una sonrisa en los labios, le respondió con otra sonrisa y con la cabeza diciendo un no firme. Él movió la mano como el que echa a una mosca, volvió a subirse a su taburete y giro la cabeza hacia la calle.
El bar estaba cerrando. No había tocado la copa de coñac, pidió un botellín de agua y se fue para el coche. En la playa sólo quedaban unas parejas de enamorados. Alejándose de las farolas, se quitó los zapatos y dejo sus pies hundirse en la arena, las olas débiles acariciaban sus piernas, empapaban su falda.
Luna llena, luna clara y el mar casi sin olas.
Frente a su belleza, la abandonó la sensación angustiosa de estar al borde de un acantilado, envuelta por el viento de las aguas frías, allá donde los hombres duros desprecian al sol y a la palma, allá donde el mar inmenso, violento devora los sueños y los barcos y la libertad de los hombres, sin piedad. Pisaba una playa suave, la mar le transmitía su calma. Tomó un puñado de arena rubia y la dejó caer suavemente, lluvia de estrellas de su mano contra la brisa marina. Bebió el agua embotellada y chocando el botellín vacío contra su pierna, regresó al coche cantando bajito el estribillo de una canción de amor.
Luna morena, Mar de caricias saladas, dulzura del Sur. Se decía a sí misma palabras de olores, palabras tiernas de paz y sombra, de luz, de flores, pinos y adelfas, rosas y aves del paraíso. Luna roja: la veía reflejada sobre el agua vibrante, siempre la luna de las noches bellas, soledad serena o besos iluminados, siempre el corazón dispuesto para nuevos amaneceres. Dejó en la orilla su tristeza y su enfando; una ola tímida los borró en la arena con la huella de sus pasos.
Morgane, junio 2007 24 maggio HOY
Naranja amarga confitada recubierta de chocolate negro.
Al agridulce de la vida saben sus besos.
Amistad sensual, lo pactado, en esa libertad se mueven el deseo y el respeto. Nada ata, la fecha de la partida no incluye promesa, por eso las sorpresas son de fresa y nata.
Recita él el poema, en su lengua gutural, y ella se lo bebe entero: la música de su voz. Cuando lo traduce se le llena el alma de arena y sol, a cada silencio caen en sus ojos las estrellas del cielo puro que se ofrece en el desierto.
Es un regalo el hoy, que no viste un mañana ni precisa un futuro.
Es un presente amar sin estar enamorada, se llena su corazón de placer, es tiempo de siembra. No le importa si el camino se hace largo o se corta en un acantilado: volará sobre el mar. Faltan lluvias y calinas, falta tiempo, ya llegará la suerte y con ella el segador, pero ya no los anhela.
Es un regalo estar vivo, no importa cuantas espigas dará la cosecha.
Ahora lo sabe: lo importante es ver crecer el trigo y comer el pan de hoy.
Morgane, mayo 2007
23 maggio Simplemente vivir La voz alegre la envuelve, la contagia, la despierta. Suena a sol, a regreso, sabe golosa a besos y caricias.
A las sorpresas dichosas, invitaciones al encuentro, la conversación, la risa y el placer, ha aprendido a contestar: ¡Presente!
Los juegos no siempre llevan trampa, la realidad del momento compartido es la victoria al tedio, la recompensa de la lucha, el sentido y la sensación de vivir.
El aire es liviano, su mirada chispea la felicidad del ahora, instante real de la vida, la simplicidad de las cosas buenas la devuelve a su natural dulzura.
Bajo el jacarandá malva, cuyas ramas danzan la promesa del baile de esta noche, cierra los ojos y suspira de gusto: ¡Que lindo es vivir!
Morgane, mayo 2007 19 maggio El vencejoHan llegado los primeros vencejos.
Ahora que anochece, desde la terraza del ático ya vacío, los ve empicar y subir, gráciles y tremendamente veloces.
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- No temas, tómalo en tu mano, caliéntalo.
- ¿No lo lastimaré? ¿Y si abre las alas?
- Mira como lo cojo yo, haz tú lo mismo.
Sentía en su mano el latir del pájaro asustado.
Fue una noche calurosa, dejaron la ventana abierta. Su sueño de mala durmiente se acabó al alba. Al salir de la cama lo vio en el suelo del dormitorio, tocó sus alas frías, estaba vivo. Lo pusieron en una caja envuelto en una toalla para que se recuperara.
Esperaron a que el sol ya calentara lo suficiente, entonces decidieron devolverlo a su libertad.
Insistió para que fuera ella quien lo soltara, fue a buscar la cámara fotográfica para tomar la imagen de sus manos abiertas y de la vida lanzándose de nuevo al vuelo libre. Cruzaron sus miradas, se convirtieron en dos niños; ocurrió la magia invisible: dos amantes, dos ángeles enamorados, una sola alma llena de emoción y de alegría.
No lo soltó, simplemente abrió las manos, el vencejo se quedó un segundo y partió sin dudar de su rumbo.
La tomó en sus brazos y sin hablar se dijeron tanto que sus ojos brillaron de lágrimas retenidas.
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El amigo posa la mano sobre su hombro, contemplan el mar, los coches en la calle encienden sus faros.
- ¿Y cómo sabes que no pueden echar a volar desde el suelo?
- Porque un día volé con uno de ellos.
Morgane, mayo 2007.
30 aprile La azotea![]() En la azotea se balancean las sabanas al sol. Apoyando los codos en el murete que la enmarca, Juan sigue con la mirada a los pocos transeúntes que caminan buscando la sombra en la acera opuesta.
Ha subido mientras en la casa los niños descansan la siesta, las cortinas cerradas delante de las ventanas abiertas, los adultos quedaron en el salón resistiendo al sopor de la sobremesa. Ha cambiado mucho el pueblo, se han rehabilitado la mayoría de las casas, incrementándolas de una o varias plantas, pintándolas con colores que recuerdan más a la Toscana que a Andalucía. Las ventanas no tienen rejas sino persianas, los marcos son de aluminio blanco. Van desapareciendo las azoteas, se han convertido en tejados de aguas con inclinación impropias del lugar. Busca identificar portales, patios, pero es un pueblo nuevo, desconocido el que observa bajo el sol de agosto. Sigue siendo un pueblo alegre mirando al mar.
¿Cuánto hace que no viene? ¿Siete, ocho años? ¡Mucho más! Fue para la boda de su hermana menor y su hijo acaba de cumplir diez años.
Recuerda el color del cielo de aquel invierno, soplaba el Levante y no pudo realizar la travesía a Ceuta, donde quería visitar a unos amigos. Así que se fue a pasear por la playa desierta para escuchar el ruido de la Mar. Nada que ver con lo que ayer se le ofrecía desde la carretera, sombrillas aglutinadas y un mar sin olas.
Esa mañana las olas marrones de arena salpicaban su espuma blanca y espesa.
Fue el perro quien se le acercó y dejó el palo a sus pies. -¡Guapo, ven!
Lo rodeaba a saltos, quería juego. Lanzó la rama con fuerza y la vio a ella. Llevaba la correa en la mano e intentaba dominar a la bufanda que se le desenroscaba con el viento.
- Una guiri, pensó.
Su melena rubia se levantaba como una llama dorada. Se agachó y llamó al pastor alemán echando una pequeña pelota al aire.
-¡Juan! ¡Baja, tenemos que hablar antes que se vayan los tíos! Antes de bajar pasa lentamente la mano sobre un mantel, lo tendió su madre antes de que la encontraran en el suelo del salón, ya sin conocimiento. Nadie ha pensado en recoger la ropa de los cordeles.
La discusión no se extiende, todos están de acuerdo de que se ha de vender la casa. Su hermana, a petición de algunos familiares, entrega menudos objetos: fotografías, un libro, una cadena de oro.
Se anima la conversación, narran anécdotas de todos sabidas, sirven café.
Alguien halaga el colgante de la prima Carmen. Responde: -Lo compré en la tienda de Ruth, encuentras cosas estupendas y a muy buen precio. Por cierto Juan, me pregunta de vez en cuando por ti.
Son las nueve y media, el aire es más liviano. Las calles se llenan de turistas.
Desde la esquina la ve bajar el cierre metálico. Está más guapa aún, se han dulcificado sus rasgos nórdicos y su piel morena realza sus cabellos rubios.
El saludo es algo torpe, ella expresa su sentir por la muerte de su madre, acaban en el mismo bar en el que aquella mañana ventosa de hace una década se fueron presentando.
El sonríe: - ¡Has aprendido a pelar las gambas! Pero te queda el acento.
- ¡Que desilusión! Yo pensaba que me confundían ya con los lugareños, dice riéndo.
La acompaña a su casa, cerca del puerto pesquero.
Se tiende en la cama de su habitación. Su madre la mantuvo para él en esta casa que sólo habitaba en vacaciones pero que ella consideraba su único hogar. A pesar de que le gustó siempre vivir en Barcelona, no renunció a pasar los veranos calurosos en su tierra.
Su hermana ya ha emprendido el camino de regreso con su familia.
Apaga el cigarrillo y marca su número en el móvil.
- Araceli, he tomado una decisión. Me quedo con la casa.
- ¿Qué dices? ¡Si no vienes nunca!
- Lo he pensado bien, me quedo con ella. Volveré el mes que viene para el papeleo, quizás me quede un tiempo.
- ¡Allá tú!
Busca en la nevera: quedan unos huevos y dos tomates. En la despensa encuentra latas de atún y una bolsa de patatas fritas. Acerca la mesa camilla al balcón que da a la calle, a esta hora están animadas las terrazas de los bares.
Se sirve un vaso de vino y se pone a comer sobre el mantel que ha ido a descolgar de la azotea.
Morgane, julio de 2004
Mi agradecimiento a Elemne por facilitarme esa bonita foto de la playa de Sabinillas. 21 aprile Demasiado (hace un año)En la noche primaveral conduzco deprisa. La música quizás demasiada alta, demasiado tabaco, el corazón vaciado, ligero, el pecho apretado por una tenaza nueva.
En la carretera de siempre, una sensción de viaje, de deslizamiento hacia ninguna parte, bebiendo el aire, el cielo ocsuro; inhalo con demasiada intensidad el humo del cigarrillo de seguida apagado.
No sé con certeza si tuvé razón, poco me importa el futuro, no tengo futuro, he repudiado el pasado.
Sólo soy este momento de velocidad, de ruido, de humo, de noche eterna.
No soy más que este latir accelerado en mi sien, esta mano manicurada que aprieta el volante hasta querer estallarlo. Me convierto en esta sonrisa involuntaria, esta mirada que fija la línea blaca que divide el asfalto.
No quiero ser nada más.
Sólo existo en esta carretera que serpentea entre los pinos, sólo vivo para este monte bañado de luna.
Me sitúo en esta maquina de chapa cuyos faros son mis únicos soles.
Conduzco demasiado deprisa en la noche demasiado tibia, al son de una canción que ni escucho.
No deseo detenerme y sin embargo aparco el coche, cierro las puertas.
No puedo andar y entro como un autómata en la casa donde nadie espera.
Soy esa mujer que se desnuda y se acuesta.
Soy este agotamiento extremo que se resiste al sueño, no tengo más voluntad que este segundo en el que apago la luz.
Mañana no existe.
Morgane - Abril 2006
17 aprile PistasAl abrir la puerta y mirar la sala, tuvo la impresión de haber estado ya en ese lugar. Sabía que estaba equivocada, pero todo le sugería claves idénticas y repetidas a un instante vivido.
No eran las mismas palabras pero la disposición de los pensamientos, sus colores dejaban más que en su mente, un perfume que identificaba en su corazón. Al principio fue algo vago, pronto apareció el recuerdo de unos ojos a partir de los cuales su imaginación dibujó un rostro.
Dudó. No podía ser que regresara a las orillas de su lago aquella ave nocturna que visitó sus sueños y desapareció una tarde de sol..
Entró pues en la casa, deteniéndose bajo el triple signo del alma: su convencimiento se afianzaba.
Nunca se consideró demasiado intuitiva, necesita de hechos, de pruebas, de realidades para admitir lo evidente. Eran muchas las pistas descifrables en aquel regreso, resultó divertido el enigma, pero recordaba el estupor y la desagradable sensación de portazo gratuito, una sentencia injusta. ¿Era ese el tribunal de donde volvía vistiendo los colores míticos de la luz y la verdad?
Hace tanto tiempo, cuando se encontraba desorientada, el ave de plumas oscuras la guió en un amable paseo por el sendero a penas definido. Acababa de atravesar ella un desierto y se maravillaba del frescor de aquel hermoso bosque. Aún hoy agradece el agua bebida en las manos tendidas, la caricia de la amistad sobre su mejilla cortada. ¿Fue el corto viaje una mentira semejante a las arenas movedizas? La sobresaltó de repente el precipicio inesperado donde desembocó el camino nuevo. Ni le dio tiempo a ver alejarse al compañero invisible de las noches insomnes y las flores matutinas.
Entonces emprendió ella sus propias rutas, algunas rodean su casa, en otras reconquista la confianza. El bosque vuelve a proteger senderos secretos donde las miradas calladas comparten murmullos del arroyo.
Ella es feliz. Se cansa y se indigna, se ríe y llora a veces cuando está sola, se desespera y se entusiasma, pero no pesa ya el miedo en su corazón.
No sabe cuando ni en qué cruce encontrará a peregrinos que como ella, no van más que llevando su propia vida a cuesta. Su meta no es ningún palacio suntuoso, ni cometer andanzas gloriosas; su horizonte es hacer con sinceridad el tramo de camino que alcanza cada día, su fin es comprender el paisaje que atraviesa, su intención no rechazar el manantial de agua pura, no mordisquear el fruto que tanto costó producir para tirarlo sin motivo, no desdeñar el pan ofrecido, ni la flor regalada.
No sabe si su intuición acertó, pero hoy no tiene importancia visitar la casa de un futuro pasado cuyo nombre extraño vio dibujado en la arena. Encontró las habitaciones llenas de bellas invitadas, quizás se esté dando un sofisticado baile de disfraces; pero ella lleva el corazón desnudo bajo la túnica de hilo.
Así que retorna al bosque y los amaneceres; sus sueños son alegres, llenos de cielo y de mar. Para quien quiera compartirlos siempre espera una taza de café endulzada por una sonrisa.
Morgane, abril 2007.
09 aprile RepeticiónEl suelo está alfombrado de hojas blandas mojadas por la lluvia. Pisa piñas abiertas y rotas. Avanza despacio hacia los matorrales que bordean la grieta de donde le llega el ruido del arroyo. Hace tiempo que no viene a este bosque, hace tiempo que ella no ha camina sobre la tierra. Busca la referencia, esa marca roja que encontraron por azar, un triángulo con un círculo en su interior. - El triángulo divino encerrando la perfección, dijo él aquella tarde de verano. Recuerda la inscripción curiosa que pintó una mano desconocida, quién sabe si con la esperanza de un enamorado o el dolor de un corazón desesperado de soledad, y el deseo bajo el doble signo: ENCUÉNTRAME. Hace frío en el bosque. Ha llegado el otoño y el viento ha soplado toda la mañana, aumentando el dolor en sus sienes; sus pasos son pesados. Cubre su rostro con las manos, se calienta los ojos con los guantes de lana. Se detiene un rato y vuelve a caminar. Cuando encuentra la roca, la rodea. Las palabras están ahí, sobre ellas el dibujo geométrico parece fijarla como el ojo del destino. Ahora se pregunta lo que ha venido a buscar aquí, ya no le encuentra sentido. El agua es tan transparente que puede notar du frialdad. - ¡Que bonito es esto! Piensa. Y cierra los ojos. ----------- - ¡Acércame el bronceador! Hace demasiado calor, incluso bajo la sombrilla. No soporta el sol si no es al final de la tarde, no le gusta estar tumbada en la arena tanto tiempo. Su amiga resiste las horas del medio día en una inmovilidad total, levantándose de vez en cuando para refrescarse en el mar o para beber agua. - ¡Ven a darte un chapuzón! El agua está helada, es extremo el contraste con la arena que quema a cada paso. Casi no hay olas. Tiritan y ríen juntas, se zambullen. Alisa sus cabellos mojados con las manos, lentamente. Su amiga renuncia: - Voy a salir, está demasiado fría. Está sola en el agua, un punto en el mar, ahí donde ya no hace pie, mirando al horizonte. Se pregunta lo que vino a hacer a la playa. Piensa: - ¡Que bello es el mar! Y cierra los ojos. Cuando sale, la corriente la ha arrastrado un poco más lejos, busca la mancha verde del parasol y camina en la orilla. Unos niños se divierten construyendo un castillo de arena con cubos y rastrillos de colores vivos. Se agacha y con el dedo dibuja arabescas. Un niñito se ha acercado para ver el dibujo. Entonces mientras le sonríe, traza el símbolo y escribe: ENCUÉNTRAME.
Morgane, Diciembre 2006 06 aprile Soñando juntosConducía con una sola mano en el volante, un placer el sol y el aire en su pelo, el coche se deslizaba literalmente en las curvas, bordeando el mar por el acantilado. Abajo veía el barco anclado en la cala; en la playa dos personas de pie saludaban alegremente con los brazos.
De golpe todo se paró, congelándose en una imagen de cielo nocturno. Sin luna ni nubes, pálidas estrellas diminutas en un cielo azul intensamente oscuro, como un mar muy lejos de su cabeza y terriblemente pesado.
Despertó la boca abierta como a quien le falta el aire.
Fue a levantarse para tomar agua y oyó:
- Tienes un botellín sobre la mesilla de noche.
Encendió la lamparilla. El codo apoyado en la almohada y sosteniendo su cabeza con la mano, le sonreía con una expresión maliciosa que le hacía encoger los ojos.
- ¡Abrázame!
- ¿Y tú que haces despierta en lugar de estar soñando?
- Te estaba mirando. Imaginaba como sería para ti si yo no amaneciera, cuando te has despertado casi en un salto.
La apretó tiernamente contra su pecho y le besó la frente:
- Negro, sería inmensamente negro. ¡Ahora apago y a descansar!
Se dio media vuelta, retomando la postura que siempre necesitó para dormir a gusto.
Se fue a navegar bajo el sol y ella se abrazó a su sueño.
Morgane, abril 2007
27 marzo El arte de disimularSe quedó con las manos abiertas.
No sabía qué hacer con ellas; las metió en los bolsillos para disimular que de sus dedos caían invisibles soles oscurecidos de indiferencia.
Su corazón de tonta intento sonreír, ya sabes, con esa mueca de quien no quiere llorar y no engaña a nadie.
Le resultó ridículo aquel corazón puesto de fiesta.
Del revés de la manga arrastró el maquillaje y el rimel ya disuelto por una única lágrima porque supo que no habría baile ni besos ni velas.
Se disfrazó de payasa y dio una voltereta dentro de una carcajada para callar entre sus sienes el eco de un sollozo ahogado.
Arrancó el volante de gasa de su traje de princesa; lo enroscó en un fular para meter en el chándal de los gestos inocuos y cotidianos.
El salón de los espejos reflejaba su soledad en un repetido sarcasmo; entonces tan amiga y tan amable para que no notara la tristeza, le envió las flores que adornaban su pelo escondidas en palabras pulidas de sensatez.
Morgane, diciembre 2006
09 marzo Sueños de niña dulceLa mujer regresa de madrugada, ha vivido lo que estaba al alcance de su mano. Con el algodón borra de su rostro en el espejo la frivolidad del rimel, sonríe y suspira a la blonda del camisón, quitándose el maquillaje se desnuda también del disfraz de mujer moderna y fuerte y del recuerdo de los juegos vanos.
Siente el silencio de la noche como agua sobre sus hombros igual que la envuelve la música suave que ha elegido. Descalza sobre la alfombra, sorbe despacio el café solitario y caliente que prolonga su insomnio. Los cristales reflejan su imagen en pie frente al jardín y al cielo oscuro.
Echa en falta a un caballo blanco para galopar los sueños, a un caballero que lleve sus colores gris esperanza, malva de la ternura enredado al rojo intenso de las pasiones. Echa de menos a un hombre valiente que le tienda la mano, por eso sueña como una niña con una historia maravillosa de bosques y espadas, duendes y tesoros; sueña que el caballero cansado se despoja de su cota de malla y se tiende a su lado besándo sus labios con un "Te quiero, extraña mujer."
En esta noche vacía quiere inventarse un sueño de niña dulce: un hechizo de amor.
01 dicembre Sin adiosLlevaba más de media hora sentado en la cafetería. Esperó a que se liberara una mesa donde pudiera observar la entrada al control de equipaje sin ser visto. Sabía que tomaría el tren, había quedado en recogerla.
Volvió a sonar el móvil. No contestó, su boca se secó y su garganta se llenó de ansiedad. Quiso beber pero había terminado su café. Alzó el brazo y le pidió otro al camarero.
Sabía que ella no entendía lo que pasaba, que estaba preocupada imaginando un accidente o cualquier impedimento grave; las mujeres son tan dadas a eso, pensó.
Ayer la tenía en sus brazos y sintió que la necesitaba, que era a ella a quien necesitaba. Se había enamorado como un chiquillo; se prendió de su sonrisa, de su forma extrema de hacer el amor con una expresión de sorpresa en los ojos, necesitaba su dulzura y su entusiasmo.
Intentó decírselo pero las palabras no eran lo suyo. Le tomo la barbilla con la mano izquierda, recordaba que fue con la mano izquierda y la miró fijamente. Ella le sonrió: ¿Qué quieres decirme?..Nada, que estás muy guapa.
Ella hablaba de sus proyectos, de ese trabajo al cual se incorporaría a su regreso. Estaba nerviosa pero se sabía fuerte y preparada para esta nueva etapa. Le explicó cual iban a ser sus ocupaciones durante estos días fuera de la ciudad: ver a los suyos, quedar con amigas de la adolescencia, pasear por el campo, dormir. Prometió traerle unos embutidos que preparaba un tío suyo, ¡los mejores lomos del mundo! afirmó con una carcajada.
Luego a media noche se abrazó a él susurrando “te quiero” en su cuello, él hizo como que estaba durmiendo.
Se marchó temprano, quería acabar de preparar la maleta y ordenar el piso. A penas hizo ruido. Con los ojos cerrados él seguía sus pasos y sus gestos, sintió la puerta cerrarse. Le hubiese gustado llorar, no pudo.
Echó otra mirada por encima del periódico y la vio entrar. Miraba a su alrededor, lo estaba buscando. Se paró en mitad del hall y se puso a marcar en el móvil. El apagó el suyo.
La observaba, aún de lejos notó que iba a llorar, pero ella metió el teléfono en su bolso y sonrió tristemente, se sonreía a sí misma. La vio tomar una honda respiración e irse para la cinta donde colocó su pequeña maleta de ruedas.
Ya no echó la vista atrás. Caminaba muy tiesa, la cabeza alzada, sus pasos eran firmes, demasiado lentos quizás.
Supo él que ya no lo llamaría. Supo él que le había roto el corazón. Supo que se había negado a sí mismo lo que más deseaba.
Pagó los cafés, se levantó y fue a recoger el coche.
Morgane, diciembre 2006 17 novembre Un hombre soñandoCuenta su sueño, que es un anhelo, con palabras sencillas, pocos epítetos, imágenes claras. Cuenta un sueño de hombre, sin rodeos ni vergüenza. Y entre sus frases cortas, serpentean las ilusiones del muchacho, las heridas de los desengaños y una corriente inesperada que entreabre las persianas cerradas por el desencanto.
Nombra al cuerpo soñado, que no tiene nombre ni rostro, en su invisible descripción caben las mareas, los vientos, la sal de la vida. Habla la soledad, hablan sin voz las experiencias fallidas, la razón calla la esperanza. Pero el sueño es bello, no lleva tristeza ni dolor. Atenta escucho ese silbido de luz que provoca mi ternura.
¡Sigue soñando, que sin los sueños morimos!
Los míos son de piedras al mar, de pájaros quietos, de bosques dormidos. Porque son sueños de la noche insomne. En cuanto no los pueda pensar, regresarán los arroyos rápidos, el vuelo del sol sobre el agua, el baile de las ramas en la luz filtrada y suave. Si mi alma está libre, vence la vida a los temores, se estira la esperanza tumbando los muros de mis miedos para darle a la felicidad su oportunidad eterna.
Más que con mil confidencias, me dejó entrar en sus territorios por el cauce de un recuerdo sensual.
Mi mirada abarca el perfecto paisaje de cordura y bondad, los acantilados abruptos del tiempo y se retira en silencio, para no perturbar la belleza de su sueño.
26 ottobre Anoche soñé...Reaparece el jinete de fuego por mi jardín dormido. Duda de la belleza de las rosas, se va en un grito de espanto. Me deja sobresaltada e insomne en la noche sin luna. Por el mar del amanecer mi corazón se hace espuma de perlas. Otro dragón sombrío escurre sus lenguas de miedo en mi espalda desnuda, esconde los sueños futuros en la arena donde se borraron las promesas antiguas, husmea por los pliegues de las sábanas tendidas y roba un clavel; una llama súbita de viento imaginario lo reduce en cenizas invisibles. Sonrío a sus trucos de ilusionista. Mi jardín se despereza, brotan azucenas de mis manos tendidas. Una pluma negra dejó el jinete violento. Yace el ala del ángel sobre el brocal del pozo, donde olvidó beber. A medio día el sol anula la sombra de un jardinero sin rostro. Su sudor abona la tierra roja, sus palabras podan las flores marchitas; las rosas tiritan sonrisas, vuelan sus pétalos de placer.
La noche trae sosiego y frescura. Me tumbo sobre la hierba nacida de los pensamientos felices. En mis ojos caen las estrellas fugaces, las siembra la Luna con un gesto lento sobre mi pecho de leche y seda. Mis cabellos bailan con la brisa de mi aliento, remolinos de deseos escapan de mi boca. Respiro el azul oscuro, el cielo me enreda en estelas doradas. Por el mar del amanecer mi corazón despierta de nuevo, una perla entre los labios.
Morgane, octubre 2006 17 ottobre Cualquier tiempo pasado....Viene despacio hasta el banco, saca un pañuelo de papel y limpia las tablas firmadas de graffiti. Se sienta.
Me extraño de que una persona tan mayor haya caminado hasta el último banco de este tramo del paseo marítimo en obras, que sólo frecuentan los corredores en shorts y felpa en la frente, los paseantes de perritos nerviosos y algún pescador iluso. Suelo aislarme aquí, en este lugar de la ciudad donde no han llegado aún las farolas ni las palmeras despeinadas del paseo de poniente, la playa está algo abandonada y solitaria. Quedan unas instalaciones oxidadas de lo que debieron ser unas vías de ferrocarril para mercancías, una caseta de mampostería de la compañia de electricidad, un muro medio desrumbado, medio sepultado en la arena. Es de los pocos espacios donde al atardecer puedo leer frente al mar en soledad, acompañada sólo por las gaviotas chillonas e indisciplinadas.
Lleva ya un tiempo sentada, yo sigo leyendo, sin concentrarme.
Es alta, debió ser muy alta, delgada pero de huesos fuertes. En su porte se percibe el orgullo, casi la soberbia de la que fue guapa y admirada, quedan gestos de aquellos que una mujer hace indolente cuando se siente observada: colocarse con lentitud el mechón que el viento cruzó en la frente, pasar la mano por la garganta.
“Veo que lee poesía.”
Sonrío contestando: “Son canciones, pero sí, en realidad son poemas”. Pienso que se ha fijado en la tapa del libro, su vista de anciana no alcanzaría al texto. Sé que me ha hablado porque mi rostro le es familiar, recuerdo haberla visto en la cola del banco, en la parada de taxis del pueblecito donde vivo.
“Hace bien en leer el texto original. Las traducciones siempre mienten. Mi madre nos obligaba a leer en alemán y en francés. El inglés no era lo que es ahora.” Hace una breve pausa. “No pudimos traernos los libros.”
No me percaté de su acento americano en su primera frase. Ahora la miro a la cara, tiene unos ojos claros a los que la edad resta brillantez pero que siguen siendo atractivos por su forma de almendra, la mirada es aguda sin agresividad, los rasgos grandes pero finos.
“¿Desea Vd. que charlemos un rato? La he visto en el pueblo pasear al brazo de un joven altísimo. Supongo que es su nieto.”
“Es mi nieto, el menor. No recuerdo haberla visto nunca. No me gusta ese pueblo, ni me gusta esta playa. No se ofenda: no me gusta España, mi hijo estuvo en Alicante unos años y fue peor aún, no tienen educación, ni allá ni acá.”
Me quedo en silencio. “Nunca deberíamos haber salido de la Argentina…”
“Todo ha cambiado mucho en cualquier parte del mundo.” me atrevo a replicar. “Después de tantos años, tampoco Vd. reconocería su tierra”.
Mi reflexión ha debido enojarla: “Vd. no ha estado en la Argentina. No sabe de lo que habla. No es comparable con nada en el mundo”.
No contesto. Los sueños del pasado se visten de adornos exagerados, lo mismo para un lugar añorado, un tiempo lejano que para un amante perdido. El hombre y quizás más aún la mujer angustiada por la ausencia, transfiguran el recuerdo, los revisten de sus deseos y magnifican sus vivencias pasadas cuando no son capaces de adaptarse al presente.
“Regreso hasta el restaurante donde tengo el coche. ¿Quiere Vd. que la acompañe hasta allá?”
Se agarra a mi brazo y lo presiona con el canto de la mano, es desagradable. Vuelve a sentarse en la mesa de la terraza donde la dejó su nuera a quien espera, me dice que se fue a encargar algo en un almacén cercano.
“Si la vuelvo a ver y no la saludo, no se extrañe.” me dispara con voz seca. Le digo adiós.
La he vuelto a cruzar por las calles del pueblo, siempre acompañada por su nieto; sé que me reconoce. Yo paso a su lado sin saludarla, como ella sugirió, pero si cruzo su mirada le sonrío levemente.
Morgane, octubre 2006 02 ottobre Sobre el Puente de la IslaEl animal está asustado, por tanto agresivo.
Suelo admirar alguno, sentada en las rocas; sobre el agua desliza suavemente sus plumas brillantes, las alas recogidas, girando su largo cuello grácil con lentitud, o seguirlo con la mirada en su vuelo imponente: la envergadura de anchas alas imprimiendo movimientos amplios a los que se opone el cuello rígido, lanza de pico rojo.
Ahora se ha calmado, posado en el asfalto del puente, entre coches parados que lo asustan con sus bocinas histéricas. Quizás se haya lastimado en sus envestidas.
No sé como aterrizó, debió confundirse al quedar vacío el carril por el semáforo cerrado.
De nuevo abre sus alas y torpe en su defensa ataca a los coches y a los curiosos que se le acercan. Es tan grande que varios hombres intentan rodearlo sin éxito; en el agua estas aves no aparentan su tamaño real. El atasco en el puente ya es importante.
Un cisne. De los muchos que pueblan las orillas del lago y se adentran en el río donde quizás sea más fácil encontrar alimento. Es un cisne blanco, furioso, impedido en tierra por sus peso y sus patas, aterrorizado.
Necesita espacio para emprender de nuevo el vuelo, pero los vehículos lo han acorralado.
Choca sus alas contra ellos.
Suele extraviarse alguna vez un cisne en la ciudad. Este es bellísimo. Los conductores impacientes azuzan al animal para que decida despegar y devolverles la vía.
Por fin lo capturan, aprovechado otro descanso. Lo bajan al río, aprisionado en una manta que parece una camilla. Se queda en la orilla, sigue bajo el choc del episodio agobiante.
Un cisne majestuoso que ciertamente volverá a volar sobre los puentes ignorando a los humanos apresurados y ruidosos.
Ginebra, mayo 2005
¿Quién de nosotros no se ha sentido como ese cisne en el atasco de las circunstancias, cuando su alma ansia planear el cielo y deslizarse sobre el agua? Con el alma serena buscar la salida sin violencia, saber que el vuelo siempre se retoma, que el lago nos vuelve a acoger. Sentirse cisne, ser cisne. 25 settembre Conversación entre silencios y sonrisas“No sé ser infiel. Me gustaría serlo, pero no puedo.”
La quiere. Soporta sus rarezas, elude sus imposiciones, admite su negación a la evidencia: está enferma de violencia, de amargura, de orgullo.
La quiere mucho.
¿Qué sabrán los razonables de esa pasión apagada que sigue amarrando el corazón?
“No la abandonaré. Nunca le haré daño.”
Tierno corazón de hombre leal, me has reconfortado cuando el dolor estallaba en mis ojos. Hoy veo en los tuyos la tristeza al hablar de ella.
Jamás te diré lo que todos repiten, que te vayas, que te liberes, que no te haces bien manteniendo el baile perverso del desencuentro.
No entienden los cuerdos que siempre fuiste libre de irte y conciente de ello.
Te escapas por temporadas, a sabiendas que volverá a engancharte con un pretexto cualquiera: un enchufe por arreglar, un cambio de estación que precisa la vestimenta dejada en su armario. Esperas a que ocurra, te mueves ausente entre amigos y madrugadas turbias de alcohol hasta que regrese el tiempo del control para ti, tal Cenicientas que el móvil reclamará insistentemente.
“Nos iremos desprendiendo poco a poco.” Me mientes, sabes que ella no entiende de paces ni amistades. Sonrío y te ríes: “Ya sé, ella no sabe hacerlo de esa manera.”
Me dices: “Te veo más alegre. Pero lo llevas dentro. ¿Estás dispuesta ya a dejar abierto el corazón para otro hombre? Sí, creo que quieres, pero tus sentimientos no te dejan.”
Si, querido amigo de ojos verdes, deseo abrir mi corazón a la vida y desencadenarme de los recuerdos. Bien sabes lo enmarañado que está ese camino.
Málaga, a 21 de septiembre de 2006
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